Voy a contar una historia muy linda:
Había una vez un profesor que mandaba a toda la clase a diciembre, sin razón alguna. Nadie entendía por qué, pero no podían hacer nada; al fin y al cabo, era una autoridad.
Un día, el profesor salió del colegio y se encontró con que sus bondadosos alumnos le habían preparado una grata sorpresa: su reluciente auto negro había sido empolvado con harina, salpicado con una hermosa capa de huevos y decorado con un poquito mucho de pintura de mala calidad; por supuesto, no olvidaron los toques finales: unos lindos rayones que perdurarían como una amenaza implícita.
El profesor, desde ese día, no volvió a mandar a nadie más a diciembre, y se convirtió en una persona muy amable; todos se preguntaron (y aún se preguntan) por qué sufrió tal cambio... excepto los responsables, por descontado.
FIN.
FIN.
Tengo muchas ganas de hacer algo así; de ser capaz de cambiar el mundo con una sola idea bien ejecutada. De ser capaz de cambiar formas de pensar con una simple maniobra y, por sobre todo, de tener la oportunidad de hacerlo.
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