A veces, las cosas pasan y nosotros no queremos aceptarlas.
La vida no es justa; por lo tanto, los hechos que en ella suceden tampoco lo son.
Las horas se convierten en días, y cada uno se lleva algo. Un buen momento, un recuerdo, una ilusión. Una tristeza, un mal momento, una lágrima. A veces, el pasar de los días no basta para olvidar lo que se fue; la realidad se hace presente todos los días, y uno sabe que esto va a continuar sucediendo hasta que pase un tiempo. En algunos casos, esto sigue sucediendo durante el transcurso de toda la vida.
El perder ya es lo bastante grave, pero el perder personas es aún peor. Las personas que, con el paso del tiempo, dejan este mundo, dejan también amigos que los llorarán durante un tiempo o, quizás, durante el resto de su vida; puede ser un padre, un hermano, un esposo, un hijo. ¿Es peor el dolor si viene por dos?
Estas pérdidas son lo único no se puede solucionar en esta vida. Ese dolor que nos va a acompañar siempre, vayamos a donde vayamos; esos recuerdos felices, aquellos recuerdos memorables... pero esas personas, a su vez, siempre van a estar presentes. En el corazón de la persona, estando a su lado o mirándolo desde algún lugar -tómese la teoría que se prefiera- las personas que no están físicamente presentes siguen estando ahí.
El pasarse los días tirado en la cama con la depresión aflorando en forma de lágrimas y muchísimos sentimientos encontrados no es una opción; la vida sigue, y no va a esperarnos. Por más fría que suene esa descripción, la idea es sobrevivir a una cierta cantidad de hechos que pueden hacer que nos dobleguemos a causa del dolor, pero el objetivo siempre fue, es y será seguir de pie. Es ése el precio que debe pagar el hombre por ser superior al resto de las formas vivas: sobreponerse al suplicio que provocan las desgracias, siguiendo con su vida.
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