9 de junio de 2010

Las manos heladas, el sudor cayendo por el cuello y a través del rostro, los ojos desorbitados de puro sobresalto; buscando una explicación lógica con frenesí, intentando que todo tenga sentido, arañando las paredes en busca de una salvación...
¿Y si después de todo, al final, la mentira resulta ser verdad? ¿Y si lo que juzgué como mentiras no son más que verdades?
¿Y si todo es cierto, yo qué hago? ¿Dónde me meto, cómo sobrevivo cuando todo pase?
No estoy preparada. Debería estarlo, si hubiera creído lo estaría, pero no lo hice, y no hay manera de que esté preparada para lo que va a pasar.
Si es todo verdad, tengo un grave problema. No voy a poder sobrellevarlo.
Me pasa por incrédula, y por dejar que el resto me ayude. Capaz ahora me hago la cabeza, y era todo mentira, pero son demasiadas coincidencias.
Después de eso, quedé con pálida como el papel; ¿cómo podía ser?
Algo que era imposible, una locura, un desvarío, ¿no lo era? ¿No lo es?
Esas únicas tres palabras me causaron un paro cardíaco, y gracias al cielo tuve las fuerzas para contestar. Pero sigo sin poder creerlo, helada como si recién hubiera salido del freezer y blanca como un fantasma.
Pero una cosa sí hay que admitir: prefiero saber la verdad a vivir con la duda.

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