13 de junio de 2010

sobre realidad, relojes y lágrimas

La realidad siempre está presente.
La realidad espera a la víctima con la seguridad de tener la batalla ganada. Espera, espera y espera, y obtiene su recompensa.
La realidad es inevadible, y lo peor es que lo sabe.
La realidad se aprovecha de esa cualidad para hacernos peor.

Tic, toc, tic, toc... las manecillas del reloj avanzan por medio de su mecanismo haciendo un incesante y a veces irritante sonido, tan peculiar, tan sabido, tan esperable.
Tic, toc, tic, toc... el peor de los sonidos cuando se espera algo.
Tic, toc, tic, toc... con esa secuencia, los sentimientos van llegando. Primero llega la impaciencia, luego la ansiedad, más tarde la angustia... la última es la desesperación, combinada a veces con el miedo.
Tic, toc, tic, toc... nimias fracciones de tiempo, infinitas posibilidades de cambio.
Tic, toc, tic, toc... todo puede cambiar en un segundo.
Una silla. Una simple silla. Un lugar de apoyo. En esa pequeña construcción de madera sufro los segundos. Espero.
Angustia. Miedo. Desesperación. Más angustia. Demasiado temor.
Lágrimas. Pequeñas gotas de agua que caen de mis ojos, humedeciendo mis mejillas. Con un inocente soplo de viento, estas se enfrían. Sólo entonces, el agua me molesta.
Paso la mano. Restriego mis ojos. Vuelvo a mi anterior posición.
Más lágrimas caen. Repito el proceso.
Siguen cayendo. Decido que es en vano. No me molesto en secarlas.
Sollozos. Molestan al intentar desarmar mi bien actuada paz delante del resto, que no notó las señales. Trato de pararlos, de aplacarlos; no funciona.
Buena forma de descargar esa angustia, mala manera de seguir fingiendo.
Me levanto de mi asiento, saliendo mi aparente inmovilidad, quebrando el pesaroso curso de mis pensamientos; intentando ocultar lo que siento, mirando al suelo y cruzando el pasillo logrando que nadie note mi partida.
Paso. Paso. Lágrima que cae. Paso. Paso. Lágrima que cae.
Mi nombre. Alguien me llama. En mi estado soporífero, no soy capaz de reconocer la voz. No levanto la vista, planeando idear una excusa cuando fuera oportuno.
Sigo caminando. Salgo de ese lugar atestado de gente. Sigo mi rumbo y llego a destino.
Mi habitación. El lugar más ameno que existe. Me deshago de los zapatos y arrugo mi vestido de fiesta al recostarme en la cama boca abajo, ahogando los sollozos contra la almohada. No me importa nada, nada, salvo la realidad. La realidad, cayendo de golpe, mostrándose de repente, demostrando que es superior.

Una sola frase repitiéndose en mí mente: Es demasiado para mí.

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