11 de abril de 2010

Los humanos somos egoístas y débiles. Ante todo, lo primero en lo que pensamos es en nosotros mismos. Y si algo nos duele, para no cargar con ese dolor, nos adecuamos a lo que nos beneficie y reconforte. Sabemos diferenciar el bien del mal,
pero poco nos importa cuando lo único que deseamos es dejarnos llevar por nuestro propio deseo egoísta más que por la moral.
Siempre hay un fin egoísta que alcanzar. Por ejemplo, la gran mayoría puede afirmar que también piensa en sus amigos. Pero, ¿en verdad piensa en ellos porque quiere su bien personal? Tal vez lo único que quiere es tener a esa persona para cuando la precise y saber que cuenta con ella, razón por la cual quiere verla bien.
Los únicos humanos que no tienen esos deseos egoístas son los bebés, pero no tienen racionalidad y no pueden ser contados como excepciones.
"Los humanos son una raza despreciable", decía el mayor enemigo de mi ídolo de la infancia.
Y tenía razón, por supuesto.

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