26 de febrero de 2010

—¿Quieres algo? —le pregunté cuando entramos y nos dirigimos a la cocina. Serví agua en un vaso mientras preguntaba, sin percatarme de lo tonta que era la sugerencia. Era cortesía que tenía inculcada desde pequeña, y no razonaba antes de utilizarla. En realidad, nunca había sonado inapropiada esa pregunta; no hasta ahora.
—A menos que tengas una jarra de sangre por ahí... —bromeó.
—Por supuesto, sírvete tú mismo —coloqué una jarra con líquido color rojo sangre sobre la encimera, intentando no echarme a reír.
Él puso los ojos como platos por un instante, pero luego reconoció el olor de la frutilla con su infalible sentido del olfato y entrecerró los ojos con recelo.

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