17 de enero de 2010

Muerte

Frialdad.
Insensibilidad.
Estos son dos adjetivos que muy bien pueden ser empleados para referirse a una persona que trata el tema con total naturalidad.
Pero claro, yo no lo voy a hacer. Sólo propongo hacer un análisis de los pros y los contras.
Nunca asistí a un funeral y, si lo hice, no lo recuerdo. Tuve dos ocasiones en las que podría haber concurrido a uno; en la primer ocasión, deseaba fervientemente ir. En la segunda (hoy mismo) no lo deseé tanto, pero hubiera optado por ir para dar apoyo si se me hubiera dado la oportunidad.
Por supuesto, en las dos ocasiones se me negó tal petición.
En la primera, se alegó que era muy chica aún y que iba a ser el doble de triste de lo normal, al no haber sido posible prever su muerte y al haber sido, además, el de una chica de tan corta edad. Por más que insistí, se me negó la asistencia.
En la segunda, se me dijo que era horrible y que ellos desearían estar en mi lugar, para tener la posibilidad de quedarse en casa. Y, por falta de experiencia en el asunto y de ganas de insistir también, lo admito, pues al difunto (que en paz descanse) no lo había visto casi nunca, no volví a preguntar.
Las cuestiones, entonces, son las siguientes: ¿Qué es mejor: asistir o no asistir a un funeral? ¿Quedarse con el recuerdo de la persona en vida y no despedirse o despedirse y recordar el ver su cuerpo vacio de vida descansando en un ataúd a punto de ser enterrado?
Vuelvo a repetir que todo lo plasmado anteriormente puede sonar frío o insensible, o tal vez se puede llegar a pensar que estoy tocando un tema prohibido; pero son cosas que a veces uno debería plantearse, ¿o me equivoco?
Dejo el tema a reflexión.

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