Uno puede leer sobre la impotencia, hablar sobre ella, creer que sabe todo sobre ella sin haberla sentido aún. Pero sentirla es muy diferente.
Sentí muchas veces impotencia. Pero cuan diferente fue este año...
Ambas tuvieron problemas, y a ninguna pude ayudar; va, una los tiene y no la puedo ayudar.
La primera fue ella, pero fue diferente, se recuperó; pero ella...
Ya sé que no le gusta que le anden encima esperando una hecatombe, y yo no estoy esperando eso, para nada; pero sé que algo pasa, y me gustaría ayudarla y no sé cómo, y ahí volvemos al principio... impotencia.
Qué mal me siento... odio esto. Soy más bien de esas personas que intentan hacer todo lo posible por ayudar, y se sienten mal si no ayudan, y ese es mi problema: ellas no me dejan ayudarlas...
Y yo acá, sentada en mi cama, leyendo cada cosa nueva que pasa, cada novedad, e intentando descargar ese sentimiento tan horrible que nace de mi alma escribiendo. Escribo y escribo, y eso ayuda un poco y me hunde en un sopor temporal, donde mis sentimientos no llegan y sólo están la historia que relato y las interacciones de sus personajes. Pero después termina por ser igual que un calmante: tal vez ayuda a sobrellevar el dolor, pero no va a curar la enfermedad. No va a arreglar la situación.
Y luego resurge ese sentimiento que me grita que soy una inservible y que no puedo hacer nada por ellas...

Entonces sólo puedo hacer una cosa, aunque sé que va a servir muy poco: decirles cuánto las quiero y asegurarles que siempre voy a estar ahí para ellas.
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